En un episodio que expone el nivel de degradación discursiva dentro de ciertos sectores del Estado, el coordinador de Radio Nacional Tucumán, Enzo Ferreira, quedó en el centro de un repudio generalizado luego de viralizarse un retuit con insultos brutales contra la figura de Mercedes Sosa.
La reacción no tardó en llegar, y fue el propio gobernador Osvaldo Jaldo quien salió a marcarle la cancha con una dureza poco habitual. Sin rodeos, calificó el hecho como una “falta de respeto total” y dejó en claro que la permanencia de Ferreira en el cargo resulta insostenible: “No hace falta ni que le pidamos la renuncia, se tiene que ir solo”, disparó.
El mandatario no solo cuestionó el agravio en sí, sino lo que representa: un desconocimiento alarmante de la historia y la cultura. En su planteo, recordó que Mercedes Sosa no es solo un símbolo tucumano, sino una figura consagrada a nivel nacional e internacional, cuyo legado trasciende cualquier grieta ideológica.
Mientras tanto, Ferreira no solo quedó expuesto por el contenido del mensaje —en el que se reproducían términos ofensivos y violentos— sino también por el rol institucional que ocupa. No se trata de un usuario anónimo en redes, sino de un funcionario en un medio público, lo que agrava el impacto político del episodio.
El repudio escaló rápidamente: el Ente Cultural de Tucumán emitió un rechazo formal, y la familia de la artista salió con los tapones de punta, reclamando su salida inmediata. El caso ya no es solo una polémica digital, sino un problema político concreto que deja en evidencia la falta de filtros, criterio y responsabilidad en ciertos cargos clave.
En un contexto donde la comunicación oficial debería ser un canal de respeto y construcción cultural, el episodio Ferreira aparece como un síntoma preocupante: cuando quienes tienen micrófono institucional lo usan para amplificar agravios, el problema deja de ser individual y pasa a ser estructural.

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